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«Sí, se puede», de inmigrante indocumentada a la cumbre de Wall Street

Nueva York, EE.UU. 9 abril, 2015. Acaba de cumplir 32 años y ha llegado al cielo financiero de Wall Street, pero hasta hace poco Julissa Arce podría haber sido deportada de Estados Unidos en cualquier momento: era otra mexicana indocumentada que ahora, con los sueños cumplidos, quiere gritar al mundo que «sí, se puede».

Wall Street - Julissa Arce

«Quiero contar mi historia para toda la gente que se encuentra en la situación en que yo estaba. Que no dejen que un papel los limite, ni que las leyes les indiquen hasta dónde pueden llegar», inspira Julissa Arce.

«Quiero contar mi historia para toda la gente que se encuentra en la situación en que yo estaba. Que no dejen que un papel los limite, ni que las leyes les indiquen hasta dónde pueden llegar. Quiero ayudar a cambiar la percepción que este país tiene de los inmigrantes», afirma en una larga entrevista.

Además de hacerle vivir atemorizada, su condición migratoria le hizo renunciar a buenas oportunidades laborales por no poder abandonar EE.UU. pero, sobre todo, le hizo tomar la decisión «más dura de su vida», quedarse en Nueva York y no despedirse de su padre cuando estaba a punto de fallecer en su país natal.

Arce vivió en Taxco (México) hasta los 11 años, cuando sus padres decidieron que se trasladaría con ellos a San Antonio (Texas), un cambio que supuso mucho más que despedirse de su vida acomodada, con asistenta y escuela católica, en esta pequeña ciudad conocida por sus minas de plata.

«Yo no era consciente de los sacrificios que mis padres estaban haciendo para que yo pudiera tener todo lo que tenía en México», explica la joven, que pasó de ver a sus progenitores como unos extraños que le traían regalos a vivir con ellos en un pequeño apartamento que distaba mucho de la idea del sueño americano.

Pero cuando cumplió 14 años se le acabó el permiso de turista y comenzó un «miedo» que la ha perseguido durante mucho tiempo. «Un día mi madre me dijo que no podíamos ir a México porque mi visa habia expirado y que si fuéramos quizás no podría regresar a Estados Unidos -dice-. Y me pregunté, ¿qué significa eso?».

En ese momento de su vida, las mayores consecuencias de su nuevo estatus migratorio pasaban por no poder acceder a estudios superiores. Afortunadamente, una ley estatal recién aprobada le permitió ser aceptada en la Universidad de Texas en Austin, donde su esfuerzo y ambición la seguían premiando con las mismas excelentes notas que obtuvo en el instituto.

«Lo único que se me pareció raro -recuerda- es que al empezar nos mandaron a una orientación, y a mí me citaron en la de estudiantes internacionales. Yo decía que era estudiante internacional de México, por lo que el ser indocumentada no estaba presente todos los días».

Hasta que la construcción de un museo en San Antonio le obligó a cerrar el puesto de churros con el que pagaba la universitadad, un pequeño local que había heredado de sus padres antes de que se trasladaran de nuevo a Taxco. Sin papeles no podía trabajar y sin un empleo no podía seguir estudiando.

No fue hasta ése momento que decidió comprar papeles falsificados a través de una persona conocida, con lo que aumentaba su temor a ser descubierta. «No solo es el miedo del día que vas y los compras, es el miedo cada vez que los usas y el saber que en todo momento alguien te puede pedir más información», afirma.

«Pero la deportación era solo lo práctico -subraya-. Mi mayor miedo era el de no poder lograr mis sueños, que se me fuera a apagar la luz».

Arce tenía ahora unos papeles que la podían llevar a la cárcel, pero que, sin embargo, le permitieron finalizar sus estudios con éxito y acabar siendo seleccionada para trabajar en uno de los principales bancos de inversión y uno de los símbolos de Wall Street, Goldman Sachs, donde creció profesionalmente hasta tener grandes responsabilidades.

«Mis padres me daban aliento. Me decían que siguiera adelante, y que no dejase que mi estatus migratorio me limitase, ni que el Gobierno me dijese hasta dónde podía llegar», insiste.

En 2009 «volvió a respirar» cuando se casó con su pareja, un ciudadano estadounidense que conoció en la universidad, y gracias a él pudo conseguir un permiso de residencia y la consiguiente ciudadanía.

«Tal vez mucha gente pueda ver mi historia y pensar que se me hizo muy fácil -asegura-, pero no lo fue y las consecuencias que pudieron haber pasado pudiesen haber sido muy grandes».

Tras entender que ya «era libre para decidir cómo quería que fuera la vida», Arce dejó Goldman Sachs y, tras reflexionar durante un tiempo, decidió que quería ayudar a las personas que siguen sufriendo la situación que le atemorizó durante tantos años.

Por este motivo, ahora trabaja en Define American, una organización que se propone cambiar la cultura del lenguaje y la percepción de los inmigrantes en Estados Unidos a través de los medios de comunicación y de Hollywood.

En sus planes también entran escribir un libro, y, quizás algún día, volver a la «ambición sana» del mundo financiero: «Siempre he sido una mujer de negocios, desde chiquitita. Veía que la gente que cargaba la verdura y los abarrotes no tenían nada que comer, y decidí venderles tortas y jugos», revela entre risas.

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