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Quedan un poco más de 900 días al actual gobierno

Gemines - Alejandro FernandezSantiago, Chile. 18 agosto, 2015. La entrevista a la presidenta Michelle Bachelet publicada en La Tercera del 9 de agosto pasado, tiene la gran virtud de despejar todas las dudas que podría haber generado el cambio de gabinete y otras declaraciones del gobierno: No hay cambio de rumbo (ni realismo ni renuncia) y se seguirá adelante con reformas improvisadas, sin sustento técnico y dañinas para el país, porque los perjudicados vamos a ser todos, no solo los empresarios o los más ricos como se insiste en decir. El envío de un proyecto que modifica los alcances de la reforma tributaria no representa un cambio de rumbo ni una flexibilización ni nada parecido. Refleja, simplemente, la constatación en la práctica que la reforma, cuya versión inicial se aprobó y avaló en tiempo record en la Cámara de Diputados, tenía problemas de diseño importantes. Las únicas dudas que sí persisten son, por una parte, que hará la dupla Burgos – Valdés. ¿Avalará la mantención del camino señalado por la presidenta, poniendo en riesgo su prestigio? ¿O dará un paso al costado? Por otro lado, ¿qué harán los partidos de la Nueva Mayoría? ¿Morirán con las botas puestas, siguiendo el camino diseñado por el grupo de audaces que se tomó el poder y descartó por retrógrada y obsoleta a la Concertación? ¿O, por el contrario, intentarán resucitar una Concertación 2.0 de cara a las elecciones de 2016 y 2017?

Las respuestas a estas preguntas se irán desgranando de a poco en las próximas semanas y meses, pero el único consuelo que nos va quedando es que el gobierno tiene fecha de vencimiento: exactamente en 937 días. Parece mucho, y puede serlo, pero cada día que pasaes un día menos…

A olvidarse de ser desarrollados

El camino al desarrollo es largo y tortuoso (“A Long and Winding Road” dirían The Beatles) y Chile ha progresado bastante en este proceso desde el fin de la crisis de la deuda a mediados de los ochenta. Pero todavía queda mucho por avanzar antes de llegar, tal vez 40 o 50 años más, si logramos crecer alrededor de 3% al año en términos per cápita. Ningún país lo ha logrado en América Latina (es el continente del futuro… y siempre lo será) o, por lo menos, no ha logrado mantenerse en dicha condición, como fue el caso de Argentina. ¿Será la trampa (¿maldición?) del ingreso medio o por factores más estructurales? Sin embargo, han aparecido tendencias destructivas que están provocando no solo un freno temporal al crecimiento sino que amenazan conducirnos nuevamente a la mediocridad que ha caracterizado a la mayor parte de nuestra historia independiente, especialmente en el siglo XX, período que algunos añoran, no obstante que se caracterizó por la falta de oportunidades, miseria, incompetencia y corrupción. El progreso nos ha quedado grande y no sabemos qué hacer con él.

Admitiendo que lo que hoy interpretamos como tendencias destructivas (nuestro derecho a ser estúpidos según la gráfica descripción del historiador británico Niall Ferguson) puede ser nada más que un desvío temporal en la trayectoria hacia el desarrollo, creo que estamos viviendo un desajuste importante entre expectativas y realidad que nos puede llevar de vuelta al siglo XX. El ministro de Hacienda, junto al de Interior, está tratando de aterrizar estas expectativas destacando el deterioro en el precio del cobre y el ajuste a la baja en el crecimiento potencial, como factores esenciales que imponen una restricción presupuestaria mucho más estricta que la que las autoridades habían imaginado pero, sin un activo apoyo presidencial (que no se ve para nada), es poco probable quetenga éxito.

No son pocos los que plantean que la regla fiscal es poco más que una excusa que no debe frenar la aplicación del “programa” y con un sistema político que está totalmente devaluado por la corrupción, el financiamiento irregular de campañas y un desgaste que viene de hace mucho tiempo, existe el espacio para que los fundamentalistas que creen que todo es cuestión de voluntad impongan su visión minoritaria a punta de audacia como lo hizo Lenin en 1917.

Los signos de deterioro se observan en todos lados. No es solo que la economía no está funcionando. El presidente de la Corte Suprema interfiere en las atribuciones de los otros poderes del Estado opinando sobre la reforma laboral; las huelgas ilegales, como la de los profesores, no tienen costo para los responsables y hay jueces que bloquean los descuentos de remuneraciones. Los subcontratistas de CODELCO (¿sacan cuentas alegres a pesar que la situación de la minería no da para que la sigan ordeñando, o esto es parte de un plan de desestabilización más profundo?). Los delincuentes actúan cada vez con más violencia y atrevimiento, seguros de una muy probable impunidad. Las leyes y las normas de convivencia social son, en muchos casos, letra muerta y se atropellan sin asco. Es una paradoja que, mientras se impulsan iniciativas, supuestamente en favor del bienestar social, se favorece o se permite la expresión más descarnada del desprecio por la sociedad y el bien particular por sobre el bien común. En definitiva, un deterioro legal e institucional del que, hasta ahora, solo se salva el Banco Central que sostiene uno de los pilares de, la todavía sólida, estabilidad macroeconómica del país; pero hasta esa lección, duramente aprendida en crisis históricas sucesivas y que vemos en directo en el vecindario, se percibe hoy cuestionada por un panorama fiscal que se ve rodeado de nubarrones de tormenta y una moneda que pierde valor a una velocidad pasmosa.

¿Será todo esto sólo un paréntesis, recuperaremos la cordura y, en 937 días, a partir de marzo de 2018, volveremos al camino que transitábamos hasta el 10 de marzo de 2014? ¿O estamos jodidos y nos condenamos a volver a la mediocridad y estancamiento del vecindario? Probablemente ni lo uno ni lo otro, aunque parece mucho más probable el segundo escenario que el primero. El desaguisado tributario puede ser reparado pero, considerando
el incremento en el gasto necesario para financiar las reformas a la educación, gratuidad para la terciaria incluida, se va a necesitar otro aumento de impuestos en un futuro no muy lejano. A lo anterior hay que agregar las consecuencias de la reforma laboral y un cambio en la Constitución que puede pasar de tener un sesgo liberal a uno chavista. Pero no es lo único.

No obstante que es tentador culpar (con razón) de nuestro desvío del camino al desarrollo, temporal o permanente, al gobierno actual, es indudable que hemos sido incapaces de sacudirnos de la dependencia del ciclo de las materias primas y que, salvo en el período 1984-1998, no fuimos capaces de generar las condiciones para que la productividad pasara a ser parte importante en la explicación del crecimiento y hemos seguido dependiendo
de la acumulación de factores, principalmente capital. En mayor o menor medida, este ha sido el fracaso histórico de América Latina y la posibilidad de haber continuado por el mismo camino seguido hasta el 10 de marzo del año pasado no habría asegurado el crecimiento necesario para alcanzar el desarrollo en 40 o 50 años. Esto porque el desarrollo no es resultado de un proceso aritmético lineal, rutinario e inevitable, sino más bien uno que requiere
encontrar una salida en un laberinto donde las probabilidades de perderse (como ahora) son altas.

Comité de expertos

Los comités de expertos que asesoran al Ministerio de Hacienda para la determinación de algunos supuestos clave para la confección del presupuesto fiscal, entregaron sus propuestas a la autoridad que las hizo públicas pocos días antes del cierre de este informe. En lo referente al precio del cobre de largo plazo (próximos 10 años), los expertos (algunos de los convocados no lo son en realidad) redujeron la estimación desde US$ 3,07 la libra en 2014 a US$ 2,98 la libra este año, lo que implica una reducción en la capacidad de crecimiento del gasto estructural o sostenible para 2016, lo que constituye un freno al crecimiento del gasto público para el año próximo.

En la misma dirección apunta la estimación del crecimiento del PIB tendencial el que, a partir de las proyecciones realizadas por los expertos, se estima en 3,6% para el período 2015-2017 y en 3,7% para el período 2018-2020 (estas estimaciones nos parecen claramente sobre estimadas). Es interesante señalar que, además, se ajustaron las estimaciones de crecimiento potencial para algunos años previos, en general a la baja. Cabe recordar que el crecimiento tendencial determinado en 2014 para ese año fue de 4,2% (ahora 3,8%) y de 4,3% para 2015 (ahora 3,6%), mientras que el ajuste para el período 2015-2019 se elevó a 8 décimas (de 4,4% a 3,6%), cifra muy considerable y que pone en cuestión las estimaciones del presupuesto cíclicamente ajustado. Respecto de esto, cabe señalar que, aun si se cumpliera la convergencia al equilibrio en el presupuesto estructural en 2018, el déficit efectivo seguiría siendo positivo, lo que es inconsistente y revela una sobre estimación de los supuestos estructurales.

Con los datos descritos y considerando que la reforma tributaria debería aportar algo menos de 1% del PIB en ingresos permanentes adicionales en 2016, el gasto público no debería crecer más de 4,5% (incluso un poco menos) si es que se pretende mantener constante el déficit cíclicamente ajustado. Claramente, el impulso fiscal debería ser significativamente inferior al registrado durante el presente año.

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