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Mar, 16 agosto, 2022
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La secreta alianza entre EE.UU. y Arabia Saudita

  • Washington resolvió la crisis del petróleo con un pacto secreto en 1974.
  • Riad solo aceptaría dólares a cambio de petroleo y financiaría el déficit del Tio Sam a cambio de ayuda militar.

Washington, EE.UU. 1 junio, 2016. A nadie se le escapa que las necesidades geopolíticas terminan haciendo extrañas alianzas. Las declaraciones extravagantes sobre la libertad y la igualdad pueden servir puertas adentro, pero cuando un país quiere jugar a potencia imperial, sólo una cosa importa: los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Churchill lo sabía cuando se tuvo que tragar el sapo soviético para combatir a Hitler, claro que entonces la necesidad de acabar con el nazismo era común y perentoria. Pero el pacto, que ha durado 40 años, entre el Capitolio y la familia Saud desafía en apariencia todas las reglas de la lógica: el enemigo [Arabia Saudita] de mi amigo [Israel], ¿puede ser también mi amigo?

Richard Nixon - Faisal

El rey Faisal bin Abdelaziz junto al presidente Richard Nixon en 1971.

¿Qué hizo que el principal aliado de Israel, forjase una alianza con su principal adversario? La respuesta corta es, desde luego, el petróleo. Pero no como se ha contado hasta ahora.

A la guerra del Yom Kipur, la sexta emprendida por Israel contra sus vecinos árabes en menos de tres décadas y que contaba con el activo apoyo militar de Estados Unidos, respondieron los productores de petróleo con un embargo que cuadruplicó los precios del combustible, disparó la inflación, derrumbó el mercado de valores y hundió la economía de EE.UU. (y otras muchas) en una profunda crisis.

Un trader para vender bonos

Para responder a esta situación, EE.UU. lanzó en julio de 1974 a su recientemente nombrado secretario del Tesoro (ministro de Finanzas), William Simon, y a Henry Kissinger a una gira diplomática por Medio Oriente con la acostumbrada pompa y circunstancia, pero durante la cual tuvo lugar un discreto encuentro de cuatro días de duración en la ciudad costera de Yedá.

La orden de Simon era simple pero irrenunciable: neutralizar la capacidad de los productores para utilizar el crudo como arma económica y, al mismo tiempo, conseguir que Arabia Saudita se lanzase a financiar el galopante déficit estadounidense comprando masivamente deuda.

El de Simon no parecía sin embargo el perfil más adecuado: fumador empedernido y trader en Wall Street, era un ególatra consumado que no se cansaba de presumir de sus operaciones en el mercado y que, de hecho, se llamaba a sí mismo Gengis Kan. Pero sabía como vender el producto que tenía en sus manos.

Arabia Saudita ya había acumulado para entonces gigantescas cantidades de efectivo por la venta de petróleo, y buscaba algún refugio seguro donde invertirlo. Al mismo tiempo, los Saud comprendían que no hay nadie mejor que el proveedor de armamento de tu enemigo, para completar tus fuerzas aéreas y llenar los arsenales.

F-15

F-15: aún hoy, uno de los mejores cazas. Además de EE.UU., sólo cuentan con ellos Japón, Israel… y Arabia Saudita.

El acuerdo era pues extraordinariamente simple: a cambio de ayuda militar a raudales (aunque EE.UU. siempre se guardó su tecnología más reciente para compartirla sólo con Israel), los saudíes se comprometían a invertir miles de millones de dólares cada año en bonos del Tío Sam y solo aceptar dólares por la compra de petroleo, lo que dio origen al petrodolar. De esa manera Arabia conseguía resguardar sus activos y engordar su ejército, mientras que Estados Unidos encontraba una fuente inagotable de financiamiento para su déficit público (con la ventaja añadida de reducir la sangría de divisas) y que Riad dejase en privado en paz al que, en público, seguiría calificando como enemigo número uno: Israel.

Pacto ultra secreto

La única condición era que Arabia Saudita no podía aparecer de forma explícita como el mecánico de engrase de la maquinaria financiera de Wall Street. Así que el rey Faisal requirió que cualquier compra de deuda fuese «estrictamente secreta». Para ello, y durante 41 años, el Tesoro de Estados Unidos ha hecho todo tipo de malabarismos jurídicos y financieros para que el mundo no sepa cuánta deuda americana hay en manos saudíes.

Y así sigue siendo, al menos de forma oficial, hasta hoy. El Tesoro de Estados Unidos ha confirmado, conforme a la legislación de transparencia vigente, que ese acuerdo existe. Pero sigue sin explicar la cuestión clave: ¿cuánto? Los expertos se atreven a estimar el volumen de deuda americana en manos saudíes entre US$ 3 a US$ 5 billones, una cifra astronómica que no guarda ninguna relación con lo que Washington declara.

Por primera vez en 40 años, el Departamento del Tesoro dio a conocer la cantidad de bonos del Tesoro estadounidense comprada por Arabia Saudita. Un total de US$ 116.800 millones que convierten al país árabe en el décimotercer mayor acreedor de la mayor economía del mundo. De esta forma, la administración Obama ha querido quitarle presión a un posible conflicto diplomático en el caso de que el Congreso de luz verde al proyecto de ley que permitiría responsabilizar a la monarquía saudita de su presunta relación con los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2011. Existe un documento de 28 paginas, cuyo contenido aun no ha sido revelado, y que se especula contiene información que involucraría a Arabia Saudita en los ataques del 11 de septiembre de 2011.

La cuestión, lejos de ser una mera curiosidad, ha cobrado especial relevancia tras la reciente crisis de ingresos que sufre Arabia Saudita como consecuencia de la caída de precios del petróleo, y que le ha obligado a vender parte de sus activos en el extranjero.

El mecanismo se debilita

Quizá por eso, por la creciente cercanía entre EE.UU. e Irán (enemigo irreconciliable de los Saud), y porque Riad ha financiado sin complejos algunos grupos islamistas suníes en el polvorín de Siria e Irak mientras riega Yemen con sus bombas, Estados Unidos ha comenzado a recelar de su aliado, y Arabia Saudita está comenzando a experimentar de nuevo con armas económicas. Pero esta vez no se trata (sólo) del crudo, sino de la deuda.

Para agregarle otro ingrediente explosivo a la ecuación, ultimamente a Putin se le ha visto acercarse en reiteradas ocasiones a Riad, la especulación sería que los rusos le han propuesto a la casa de Saud, darle la espalda a los norteamericanos, aceptando solo euros (como lo hace Iran), y por que no yuanes chinos, por la compra de su petroleo a cambio de protección militar rusa.

La monarquía amenazó el año pasado con deshacerse de hasta US$ 750.000 millones en títulos de deuda de EE.UU. si su Parlamento autoriza que se considere la posible responsabilidad civil de Arabia por la participación de algunos de sus ciudadanos en los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2011.

Toda esta inestabilidad hace que, al día de hoy, el mecanismo triangular «petróleo – dólares – deuda» muestre ya signos de estar dejando de funcionar: Riad ingresa menos dólares por la venta de crudo, y ha comenzado a reducir su posición neta inversora en el exterior. La presión por conocer cuál es la verdadera posición acreedora de los Saud frente a Washington no deja, además, de crecer.

Quizá pronto sea necesaria la presencia de un Henry Kissinger, capaz de poner de nuevo en sintonía la maquinaria financiera de esta extraña pareja de aliados.

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