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Vie, 9 diciembre, 2022
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La reputación influye en la capacidad de atracción de talento

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Madrid, España. 29 septiembre, 2016. La batalla por el talento ya se ha desatado. Como se preveía, una cierta reactivación del mercado laboral ha propiciado que cada vez más compañías se preocupen por algo que, durante los años más arduos de la recesión económica, parecía asegurado. Esta preocupación no es otra que la de mostrarse como la opción más atractiva en la que desarrollar una carrera profesional ante unos candidatos que, ahora, ya pueden volver a elegir.

El 54% de los trabajadores están buscando actualmente un cambio de trabajo, y el 40% de los directores de RR.HH. esperan una rotación voluntaria más elevada de lo normal en los meses que vienen.

De entre todos los factores que pesan en estos hechos, muchos de ellos tienen que ver con aspectos intangibles.

LLorente Cuenca - Reputacionatr Accion Talento

El capitalismo en su vertiente más industrial está dejando paso al ‘talentismo’, como acertadamente señaló Juan Carlos Cubeiro ya en 2012 . Los profesionales ya no buscan un puesto de trabajo, buscan una aventura que merezca la pena ser vivida.

Las compañías tienen un gran reto en este aspecto: sólo podrán conseguir objetivos realmente elevados si logran enamorar al talento para atraer y mantener a los mejores.

Factores de relevancia

Existen, al menos, tres factores de gran relevancia que están obligando a los profesionales del Talento a replantearse algunos aspectos de su labor.

El primer elemento que lo ha cambiado todo son los millennials y sus contagiosos valores. Se trata de la generación nacida entre 1980 y 1999 que, para el año 2025 (según Forbes) representará el 70 % de toda la fuerza laboral en el mundo.

Estos jóvenes profesionales tienen unas prioridades distintas. Priman su vida personal sobre la profesional. No conciben la idea de pasar toda su vida laboral en la misma empresa y necesitan una aventura a su altura, una digna de ser vivida. Y, para colmo, desean invertir sus mejores años y esfuerzos en una actividad en la que, aparte de desarrollarse personalmente, contribuyan a cambiar el mundo para mejor.

La verdad es que, atendiendo a esta radiografía del profesional millennial, nos damos cuenta de que casi todos lo somos, al menos de espíritu. No sabemos qué fue antes, si el huevo (la sociedad ha hecho millennials a los millennials) o la gallina (los millennials han hecho millennial a la sociedad); lo que está claro es que los valores que caracterizan a esta generación imperan actualmente en el mundo.

En segundo lugar, observamos que las personas, independientemente del rol que estemos adoptando, tenemos el cerebro configurado para pensar y actuar como un consumidor.

No es algo bueno ni malo per se; simplemente, es. Los menores de 35 años, que han crecido en un ambiente dominado por el consumismo, toman sus decisiones de empleabilidad como si fueran decisiones de compra. Esto es: “no me iría a trabajar para una empresa a la que no le compraría un producto”.

Esta realidad tiene, además, dos componentes. Por un lado, existe un vector relacionado con las creencias y con los valores: es probable que un candidato que no quiere comprar unas zapatillas a una marca porque sospecha que han sido fabricadas por niños no quiera, tampoco, pasar a formar parte de la plantilla de esa compañía. Por otro lado, existe un condicionante relacionado con la “experiencia de cliente”, por el cual un candidato exige de un empleador el mismo trato que le dispensaría una marca que está deseando complacerle. Por poner un ejemplo: como consumidores no entenderíamos que nuestras necesidades no fueran lo más importante para una marca. Lo mismo empieza a ocurrir dentro de las compañías con sus empleados y con los mejores candidatos.

El tercer factor que entra en juego es la “Transformación Digital”. Se trata de una revolución impulsada por la tecnología pero que, en realidad, donde ha provocado sus mayores efectos ha sido en algo tan poco tecnológico como es nuestra mente.

Gracias a la tecnología nos hemos convertido en unos seres empoderados, acostumbrados a proveer y a recibir feedback inmediato, a participar en la toma de decisiones, a comunicarnos instantáneamente con quien queramos, a compartir conocimiento; a, en definitiva, participar de una sociedad de acceso democrático a la información y a la comunicación. Podemos afirmar que la “Transformación Digital” ha sido, en realidad, una transformación social o cultural, porque, si mañana toda la tecnología desapareciera de un plumazo, nosotros no volveríamos a ser los mismos que antes de la revolución tecnológica. Hemos cambiado.

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