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«De vicios y virtudes»

Santiago, Chile. 14 octubre, 2016. De todo hay en la viña del Señor. Bondadosos, envidiosos y codiciosos. Es más, muy probablemente una persona pueda ser las tres cosas a la vez en distintas ocasiones y circunstancias. La forma en la cual nos organizamos los seres humanos para vivir en sociedad, debe reconocer dicha realidad e incluir zanahorias para incentivar y premiar las virtudes y garrotes para inhibir y castigar los vicios.

Los casos de fraudes financieros como los de Arcano, Garay y otros tantos conocidos este año, son reflejo de que la codicia está presente en las actividades del sector privado.

Jose Ramon Valente

Por José Ramón Valente, socio y director ejecutivo de Econsult.

No podemos aspirar a eliminar del todo las conductas antisociales de la gente, pero sí debemos hacer todo lo posible por crear una institucionalidad que las inhiba al máximo. Los estrepitosos fracasos del socialismo en numerosos países durante el siglo XX parecían haber inclinado la balanza definitivamente hacia el lado del libre mercado como forma de organización de la actividad económica de la sociedad. Sin embargo, la gran crisis financiera del 2008-2009 parece haber resucitado en todo el mundo a quienes sugieren que la solución a las crisis provocadas por el capitalismo estaría en la construcción de estados más grandes y poderosos.

Mi escepticismo respecto de que los problemas del mundo se resuelven con más Estado y menos mercado es total. Los vicios y virtudes son propios de la gente y no del socialismo o el capitalismo.

En teoría, la existencia de un Estado de derecho, permitiría a los ciudadanos controlar al Estado, sin embargo cuando observamos lo que ocurre en Venezuela o cuando comprobamos que en Chile el Estado gana cerca del 90% de los juicios contra el sector privado, quiere decir que en la práctica un Estado grande se las arregla para no ser controlado.

Envidia y codicia no son los únicos problemas con los que tiene que liderar la sociedad, también está, entre muchos otros, la incompetencia. Poner a gente en cargos de responsabilidad para los que no tienen las habilidades, resulta siempre un gran desperdicio de recursos para la sociedad. En una economía poco competitiva, es tolerable que los dueños de las empresas pongan a sus parientes y amigos en cargos de alta dirección. En una economía competitiva, sólo el que mejor hace la pega puede sobrevivir y por lo tanto dicha práctica termina desapareciendo. De hecho, ese ha sido el caso de las empresas chilenas en los últimos 30 años. Pero cuando las empresas pasan a ser monopolios estatales o cuando el Estado determina quién y cómo debe proveer los bienes y servicios que la sociedad requiere, la necesidad de poner gente competente desaparece. En la administración pública y en las empresas públicas es común que el cuoteo político y el nepotismo reemplacen a la selección por mérito que debe darse en una economía competitiva, no por gusto, sino que como una imposición de un sistema altamente darwiniano, donde sólo sobreviven los mejores. De hecho, muy probablemente casos dramáticos como los del Sename, y otros, tienen más que ver con incompetencia que con codicia y envidia. De todo hay en la viña del Señor. Bondadosos, envidiosos y codiciosos. Es más, muy probablemente una persona pueda ser las tres cosas a la vez en distintas ocasiones y circunstancias. La forma en la cual nos organizamos los seres humanos para vivir en sociedad, debe reconocer dicha realidad e incluir zanahorias para incentivar y premiar las virtudes y garrotes para inhibir y castigar los vicios.

Los casos de fraudes financieros como los de Arcano, Garay y otros tantos conocidos este año, son reflejo de que la codicia está presente en las actividades del sector privado.

No podemos aspirar a eliminar del todo las conductas antisociales de la gente, pero sí debemos hacer todo lo posible por crear una institucionalidad que las inhiba al máximo. Los estrepitosos fracasos del socialismo en numerosos países durante el siglo XX parecían haber inclinado la balanza definitivamente hacia el lado del libre mercado como forma de organización de la actividad económica de la sociedad. Sin embargo, la gran crisis financiera del 2008-2009 parece haber resucitado en todo el mundo a quienes sugieren que la solución a las crisis provocadas por el capitalismo estaría en la construcción de estados más grandes y poderosos.

Mi escepticismo respecto de que los problemas del mundo se resuelven con más Estado y menos mercado es total. Los vicios y virtudes son propios de la gente y no del socialismo o el capitalismo.

En teoría, la existencia de un Estado de derecho, permitiría a los ciudadanos controlar al Estado, sin embargo cuando observamos lo que ocurre en Venezuela o cuando comprobamos que en Chile el Estado gana cerca del 90% de los juicios contra el sector privado, quiere decir que en la práctica un Estado grande se las arregla para no ser controlado.

Envidia y codicia no son los únicos problemas con los que tiene que liderar la sociedad, también está, entre muchos otros, la incompetencia. Poner a gente en cargos de responsabilidad para los que no tienen las habilidades, resulta siempre un gran desperdicio de recursos para la sociedad. En una economía poco competitiva, es tolerable que los dueños de las empresas pongan a sus parientes y amigos en cargos de alta dirección. En una economía competitiva, sólo el que mejor hace la pega puede sobrevivir y por lo tanto dicha práctica termina desapareciendo. De hecho, ese ha sido el caso de las empresas chilenas en los últimos 30 años. Pero cuando las empresas pasan a ser monopolios estatales o cuando el Estado determina quién y cómo debe proveer los bienes y servicios que la sociedad requiere, la necesidad de poner gente competente desaparece. En la administración pública y en las empresas públicas es común que el cuoteo político y el nepotismo reemplacen a la selección por mérito que debe darse en una economía competitiva, no por gusto, sino que como una imposición de un sistema altamente darwiniano, donde sólo sobreviven los mejores. De hecho, muy probablemente casos dramáticos como los del Sename, y otros, tienen más que ver con incompetencia que con codicia y envidia.

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