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Dom, 14 agosto, 2022
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Argentina vive una fiebre del litio

  • Automóvil eléctrico o teléfono móvil: la demanda de litio para las baterías no para de crecer y las multinacionales mineras se lanzan para explotar los yacimientos de Argentina, que junto con Chile y Bolivia representan el 70% de las reservas mundiales.
  • En 2014, la demanda mundial fue de 170.000 toneladas de carbonato de litio equivalente.

Buenos Aires, Argentina, 14 octubre, 2015. Una tonelada de carbonato de litio cuesta alrededor de US$ 6.000. Para fabricar una batería con la tecnología y valor actuales, “se requiere entre 7 y 15 kilos de litio, siendo esto un costo que oscila, apenas, entre los US$ 42 y US$ 90 por vehículo. Pero el valor final de una batería se encuentra entre los US$ 10.000 y US$ 20.000”, destaca el economista e investigador argentino, Julián Zícari.

Claramente, la diferencia de precio entre la materia prima y la batería de litio es abismal. Esto llevó a la presidenta argentina Cristina Fernández a preguntarse, el año 2010, “¿Por qué no hacemos baterías acá?”. Seguramente el presidente Evo Morales se ha preguntado lo mismo hace aún más tiempo.

Litio

La gran pregunta, sin embargo, es si Bolivia, y en general los países del «Triángulo del litio” (Argentina, Bolivia y Chile), podrán dar ese salto hacia la fabricación comercial de baterías. Para ello muchos consideran necesaria una integración entre estos países, que tienen importantes diferencias de fondo respecto a cómo cada uno está encarando el mercado actual y futuro del litio como materia prima y como batería.

Por un lado, actualmente el interés de Chile es el de exportar la materia prima en su estado purificado (99,6% “grado batería”), buscando controlar el precio y el mercado, pues son el principal exportador del mundo de carbonato, (seguidos por la Argentina) y sin intenciones de realizar la batería, según detalla Bruno Fornillo, investigador y coordinador del Grupo de Trabajo en “Energía y desarrollo” del CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales).
Fornillo también considera que Chile no tiene interés en construir la sonada “OPEP del litio”, y que en realidad “se encuentra más cerca del libre mercado que propicia la Alianza para el Pacífico, que de perfiles protectores más comunes en el MERCOSUR”. Estas reflexiones están presentes en el recientemente publicado libro Geopolítica del Litio, de CLACSO.

Por otra parte, Bolivia ha optado por mantener un férreo control sobre la mitad de las reservas mundiales de litio que posee, hasta lograr fabricar la batería, y está investigando sus propios métodos de extraer el litio, con muchas dificultades como se ha podido ver a través de los medios de comunicación en estos años.

Según puede encontrarse en energetica.org.bo, la “Estrategia de industrialización de los recursos evaporíticos” boliviana incluye tres fases: 1) se esperaba una producción piloto de carbonato de litio y cloruro de potasio para fines de 2012; 2) se busca una producción industrial de compuestos químicos a partir de 2014; 3) empezaría a fines de 2014 con la producción de cátodos, electrolitos y baterías de Ion-litio.

Sin embargo, estas metas han sufrido importantes retrasos. También hemos sido testigos de que la estrategia de industrialización en Bolivia se ha inclinado cada vez más hacia la articulación con socios extranjeros, “pero de manera errática”, como indica Fornillo, criterio que comparte el experto boliviano Juan Carlos Zuleta.

La importancia de la integración

Así las cosas, está claro que entre los desafíos a superar por Bolivia se encuentran la ausencia de capacidad técnica local y de mercado para las baterías. “En este marco, lo que contribuya a la articulación entre Argentina y Bolivia estimularía a la integración regional”, agrega Fornillo.

En este sentido, Argentina y Bolivia muestran perspectivas más ambiciosas sobre la industrialización, la tecnología y la agregación de valor que Chile, aunque no hay unanimidad en el vecino del sur.

El presidente de la Cámara Minera de Salta, Facundo Huidobro, piensa que es mejor dejar de destinar tiempo y dinero a una meta que considera “casi imposible”, y conformarse con producir litio de manera internacionalmente competitiva, siguiendo el modelo liberal chileno de explotación: “Chile tiene más de 30 años de explotación en litio y nunca pensó en baterías”, dijo en 2011.

Sin embargo, hacer la “OPEP del litio”puede ser una necesidad regional más allá de las diferencias respecto a la industrialización o no del mineral, tal como vislumbró el año 2011 Rodolfo Tecchi, quien hasta hace poco era Director de la Agencia de Promoción Científica y Tecnología del Ministerio de Ciencia de la Nación de Argentina.

“Se podrían establecer mecanismos de control de la oferta de carbonato de litio, evitando distorsiones por sobreproducción que impliquen bajas en el precio internacional”, las cuales afecten la rentabilidad de los tres países, dijo Tecchi.

En mayo de 2014, autoridades argentinas y bolivianas se reunieron en Bolivia e hicieron un llamado a conformar un “G-10 de la energía”. En la ocasión, el presidente de YPF, Miguel Galuccio, coincidió con la visión boliviana: “si tener el dominio de la energía es poder político, agruparse y encontrar sinergias es todavía tener más poder”.

Dificultades para crear la “OPEP del litio”

Sabemos que Argentina, Bolivia y Chile concentran aproximadamente un el 55% de las reservas mundiales de litio, pero un 85% de las reservas en salmueras, que es la fuente más rentable para alcanzar el grado de pureza necesario para las baterías.

Es por ello que se han generado las expectativas de que estos tres países conformen la “OPEP del litio”, lo que les permitiría adoptar políticas comunes de extraccióny comercialización del litio, logrando incrementar la apropiación de importantes beneficios económicos.

Con este fin, el primer semestre de 2014, el Secretario de Minería de la Argentina, Jorge Mayoral, propuso la conformación de una organización de estas características que adoptaría el nombre de OPPROLI (Organización de los Países Productores de Litio). Pero hay diferencias en las legislaciones de los tres países que pueden dificultar este proceso de integración.

En Argentina se considera al litio como de interés público, “pero la legislación y las políticas de las provincias litíferas facilitan y promueven la instalación de grandes empresas transnacionales”, indica el economista y experto Ariel Slipak.

En el caso de Bolivia, en 1986 el Gobierno declaró al Salar de Uyuni reserva fiscal, dándole un carácter estratégico al litio. En 2006, el gobierno de Evo Morales presentó una estrategia para la explotación del litio en la cual el Estado debía dirigir tanto la extracción como la industrialización y comercialización.

Para la ejecución de estas políticas creó la GNRE (Gerencia Nacional de Recursos Evaporíticos), dependiente de la COMIBOL (Corporación Minera de Bolivia). En la estrategia presentada las transnacionales podrían participar asociadas al Estado.

En el caso de Chile, el mineral tiene carácter estratégico, “pero vinculado a una perspectiva de orientación más geoestratégica y militar, por su posible uso nuclear”, dice Slipak, por lo que en 1979 el litio adoptó el estatus de no concesible en aquel país.

Sin embargo, las áreas en las cuales ya se habían otorgado concesiones previas sí son concesibles, y es por ello que operan actualmente las transnacionales SQM y la Sociedad Chilena del Litio, filial de Rockwood Lithium, que están en litigio con el estado chileno en la actualidad, justamente por cuestiones regulatorias.

Según una investigación de Slipak, estas transnacionales “llevan adelante una estrategia de venta de la tonelada de carbonato de litio por debajo del precio mundial, evitando así que salares de otras regiones del planeta inicien la producción”, considerada efectivamente como una estrategia de “dumping internacional”.

En resumen, “cada país toma decisiones políticas con respecto al litio” dice Slipak, “por lo cual mientras eso perdure no se podrá esperar la coordinación para políticas que tienden a empoderar a estos países de manera decisiva en el mercado mundial del litio”.

Por otro lado, Fornillo hace notar que aunque el litio está “desigualmente distribuido”, es posible obtener litio en muchas partes del globo (hasta se encuentra en el mar) y que “el costo final del litio en una batería no es mayúsculo, de modo que a las grandes empresas solamente les interesa asegurarse su provisión más allá de lo que deban pagar por él, y pueden conseguirlo de muchas fuentes”.

Así, el experto cree que en caso de generar un hipotético oligopolio entre los países del triángulo del litio de Sudamérica, que controle el precio, “inmediatamente empezarían a ser rentables otros yacimientos esparcidos alrededor del globo”. Las políticas conjuntas deberán ser cuidadosas de no subir el precio demasiado, ni permitir que éste caiga a niveles irrentables; un equilibrio consensuado.

Las tendencias y oportunidades

Más allá de aquello, Zícari insiste en que para países como Bolivia o Argentina no es tan central “el proceso de valorización en sí mismo del recurso, sino los esfuerzos para industrializarlo, agregar valor y lograr la fabricación de las baterías de forma local, aprovechando las ventajas comparativas que ofrece contar ya con la materia prima”.

En la misma dirección apuntaba Tecchi, tratando de superar la mera explotación y exportación de la materia prima: “No llegará el desarrollo a nivel local. Si lo único que queda de la explotación del litio son las regalías mineras y unos pocos puestos de trabajo, va a ser preferible preservar los salares para alguna otra actividad futura”.

Y no sólo porque el margen de ganancia produciendo baterías es muchísimo mayor al de exportar el litio como materia prima, sino por las tendencias del mercado que desde hace algunos años los expertos bolivianos y extranjeros vienen advirtiendo.

“Estamos ya en el boom de litio”, dijo Juan Carlos Zuleta, refiriéndose a la actual tendencia hacia un aumento de la demanda del litio para diversas aplicaciones, especialmente vehículos eléctricos.

En el año 2012 la venta total de automóviles eléctricos fue de 2 millones de unidades, proyectando para el año 2020 cuadriplicar ese número, “arribando a los 8 millones y así representar el 10% del mercado mundial automotriz”, destaca Zícari. Para el año 2025 dice que se espera duplicar estos números y alcanzar el 20% de la industria automotriz.

Según una estimación realizada por Signum Box, estas tendencias harán que la demanda de litio sólo para la producción de autos sea de 60.000 y 180.000 toneladas para los años 2020 y 2025 respectivamente. Entre el tipo de autos, Zícari destaca “a batería del Toyota Prius Plug-in requiere 3,6 kg de carbonato de litio, el Mitsubishi-iMiEV entre 10 y 15 kg, mientras que el Tesla Roadster demandará entre 40 y 50 kg por unidad”.

Si se consideran los cuatro mercados más dinámicos respecto al consumo futuro de litio (autos, celulares, smartphones y tablets), la demanda de ellos requerirá unas 220.000 toneladas extra. “De esta manera, el litio pasaría a consolidarse y tener como principal destino su uso para las baterías, representando esto el 40% de su consumo en 2020 y el 50% en 2025. El consumo de litio oscilará entre las 400.000 y las 600.000 toneladas para el año 2025. Es decir, el doble o el triple de lo que se demanda hoy”, estima el economista argentino.

Por su parte, las previsiones de Zuleta van por el mismo camino: la era del litio empezará el primer semestre de 2018, cuando se lancen al mercado “los primeros vehículos producidos en serie, completamente eléctricos, accesibles a las grandes masas de consumidores, a cargo de la empresa Tesla”, que podrán competir seriamente con los vehículos de combustión interna.
Pese a su preferencia por apuntar a la industrialización antes que a la exportación de materia prima, Zícari advierte que es necesaria alguna forma de regular la oferta. Caso contrario, “sucederá lo mismo que en 1997, cuando ingresó la empresa chilena SQM y deprimió los precios un 40%”.

“El difícil dilema parece ser, entonces, el de actuar por delante de los acontecimientos, previendo problemas para no resignarse en el futuro a ser un mero proveedor de materias primas, pero a su vez las intervenciones deben darse con la suficiente flexibilidad para no aplastar los procesos que todavía no se han consolidado, implicando la necesidad de hacer adaptaciones frente a los imprevistos”, destaca el experto.

Pese a los retrasos y errores, los vientos externos todavía parecen estar a nuestro favor. Claramente nos falta aún mucho por avanzar en los procesos propios de la industrialización así como en la integración de un utópico OPPROLI.

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