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Sáb, 13 agosto, 2022
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Insignia Marketing

Adiós a Andy Grove

  • El lunes pasado falleció a los 79 años el ejecutivo que condujo a Intel hasta la cima de la industria electrónica, durante las dos últimas décadas del siglo XX. Había nacido en Budapest en 1936 en el seno de una familia judía que sufrió la persecución de la Alemania nazi y de la Unión Soviética. Su estilo de gestión marcó para siempre a Silicon Valley y sigue siendo un ejemplo para los emprendedores en todo el mundo.

EE.UU. 27 marzo, 2016. Marzo ha sido testigo de la partida de algunos de los hombres más notables y respetados de la industria TI. El 5 de este mes, falleció Ray Tomlinson, el inventor del e-mail. El lunes pasado, a los 79 años, murió Andy Grove, el ejecutivo que convirtió a Intel -el fabricante de microprocesadores- en un gigante de la industria. La compañía sigue sin consignarlo como uno de sus fundadores, porque en rigor no lo fue, pero Grove es sin duda uno de los padres de Silicon Valley.

Grove fue uno de los personajes más ricos, profundos, complejos y enigmáticos que puedan encontrarse en la historia del mundo de los negocios. Fue y sigue siendo fuente de inspiración para las generaciones de emprendedores que le siguieron; entre sus admiradores más destacados está Steve Jobs, co fundador de Apple. Gran parte de esta idolatría tiene sus raíces, desde luego, en el éxito incomparable de Andy Grove al frente de una de las compañías más poderosas y difíciles de administrar del planeta.

Intel - Andy Grove

Andy Grove.

Cuando asumió como presidente de Intel, en 1979, la empresa facturaba US$ 1.900 millones al año. Cuando se retiró como director ejecutivo, en 1998 (había asumido también este cargo 9 años antes), la facturación había alcanzado los US$ 26.000 millones. Puede que este sea uno de sus logros más vistosos, el que se cita más a menudo, pero hubo uno mucho más trascendente. Durante su extenso mandato -casi 20 años-, Grove consiguió algo que rara vez se observa en las grandes corporaciones. Evitó que la compañía cayera en la auto complacencia.

Su libro más conocido se tituló Sólo los Paranoicos Sobreviven, y ésa fue la filosofía que imprimió a Intel. Para él, ser grandes y exitosos no significaba dormirse en los laureles. Para Grove sólo existía una forma de éxito: no dejarse vencer. «Andy habría dado la vida por evitar que Intel fracasara», escribe el gran Michael Shawn Malone en The Intel Trinity, la obra más completa sobre la historia de la compañía. Existe una explicación para esta legendaria obstinación, esta casi absoluta indiferencia ante las otras mieles que el éxito suele prodigar. Esa explicación debe buscarse en los primeros 19 años de Grove en Hungría.

Había nacido en 1936 bajo el nombre de András István Gróf, en Budapest, Hungría. Era, pues, un niño pequeño cuando Hitler anexó Austria, y acababa de cumplir los dos años cuando el ejército nazi ocupó Checoslovaquia. En Hungría, aliada de Alemania, los judíos atravesaron al principio una situación menos espantosa que en Polonia o en Checoslovaquia. Pero sólo al principio. La persecución no se haría esperar. Grove tenía 6 años cuando su padre, George, fue reclutado por el ejército para marchar al mortífero frente ruso. No volvería a verlo sino hasta 3 años después. En marzo de 1944, las SS entraron en Hungría e iniciaron la misma monstruosa, macabra, incomprensible carnicería que habían practicado en otras naciones de Europa. Unos 430.000 judíos fueron enviados a los campos de concentración. La abuela paterna de Grove moriría en Auschwitz.

Hubo un único factor en esta historia horrorosa que salvaría al pequeño András del destino que sufrieron miles de niños húngaros: Maria, su madre.

Sistemáticamente, de noche o de día, alertada por amigos o familiares y, en ocasiones, por simple instinto o por una punzante corazonada, Maria tomaba a Grove de la mano y salía corriendo hacia algún refugio temporal. Por ejemplo, la lechería que la familia tenía en Bácsalmás, a unos 150 kilómetros al sur de Budapest. O bien la casa de una familia amiga. Y hasta una residencia estatal para judíos en la capital, el tipo de establecimiento que solían ser la antesala del viaje hacia la muerte. Maria nunca se quedaba quieta. Nunca dudaba. Tomaba a su hijo de la mano y buscaba un lugar seguro, aunque fuera por una sola noche. Una y otra vez. Durante un año entero, Maria evadió la cacería humana de los nazis. Tal fue la lección brutal que al pequeño András se le grabaría a fuego. «El mayor de los peligros es quedarse quieto», escribió, muchos años después, un Andy Grove adulto y exitoso.

Al finalizar la guerra, la llegada del Ejército Rojo no mejoró las cosas. No sólo por la barbarie de las fuerzas de ocupación (su madre fue violada al menos una vez por un soldado ruso), sino porque Stalin fue aplicando poco a poco su fórmula de represión, estatismo, control social y propaganda. Grove soñó, en su adolescencia, con una carrera como periodista. Pronto hubo de dejarla, abrumado por la abismal diferencia que existía entre el relato y la realidad.

Se inclinó entonces por la Química e ingresó en la Universidad de Budapest. Pero Hungría estaba lejos de haber alcanzado siquiera un poco de paz. Los movimientos de liberación que habían comenzado en Polonia seguirían en Hungría. Previsiblemente, la Universidad de Budapest era el epicentro de la militancia. Previsiblemente también, el Ejército Rojo volvió a invadir la ciudad y regresaron los arrestos y los fusilamientos. Fue otra vez una figura femenina, su tía Manci, sobreviviente de Auschwitz, la que no dudó, la que lo empujó a un lugar seguro. Esta vez era el exilio. Y no por una noche, sino para toda la vida.

Tras un viaje repleto de vicisitudes, el joven Grove llegó a Estados Unidos con su inglés precario y la persistente sordera que le había dejado una infección en el oído, poco antes de que su padre fuera reclutado para ir al frente ruso. Pero su hambre de aprender era insaciable. Seis años después, rebautizado Andrew Grove, obtenía su doctorado en ingeniería química. Mientras tanto, trabajaba de mozo (en rigor, limpiando las mesas) y fue así como conoció a su futura esposa, Eva Kastan, otra refugiada húngara que trabajaba de camarera. Se casaron en 1958, un año después de emigrar, y se mantuvieron juntos durante toda la vida. El hombre que haría de la paranoia un estandarte encontró en Eva un remanso de certidumbre, y quizá otra figura femenina en la que refugiarse durante los años estremecedores que lo esperaban. Tuvieron dos hijas y ocho nietos. Siempre mantuvo el nombre de sus hijas en secreto. Es comprensible.

Los padres de Grove consiguieron el permiso para salir de Hungría y reunirse con él en Estados Unidos 5 años después de su llegada al país.

El látigo de silicio

Tras mudarse a California, la ingeniería química le permitió ingresar a Fairchild Semiconductor, la empresa fundada por Sherman Fairchild y Arthur Rock en 1957, pionera en la fabricación de semiconductores; es decir, transistores y chips.

Intel - Andy Grove - Robert Noyce - Gordon Moore

The Intel Trinity: Andy Grove, Robert Noyce y Gordon Moore; junto al plano de un microprocesador 8080, en 1975.

Quien lo reclutó fue Gordon Moore, el creador de la Ley de Moore. El otro hombre fuerte en la compañía era Robert Noyce, que en 1959 inventaría los circuitos integrados. Grove sentía la más honda admiración por Moore, bonachón y perfeccionista, de pocas palabras, del todo inadecuado para defender sus puntos de vista, especialmente frente al carismático Noyce, a quien Grove detestó de entrada.

Tras una serie de internas, 11 años después de formar parte de los ocho ingenieros que fundaron Fairchild, Moore y Noyce, con Rock como inversionista, decidieron abrirse y fundaron Intel en 1968. Grove no lo dudó y le dijo a Moore que quería irse con él. Le costó aceptar que Noyce también partiparía, pero todavía encontraba más insoportable separarse de su mentor. Rock se entusiasmó ante la idea de que Grove se sumara. Sabía que tenía algo de lo que los otros dos carecían y que sería clave para el éxito de la empresa. Grove fue el tercer empleado de Intel, y se ocupó de contratar al cuarto empleado, otro inmigrante húngaro, el ingeniero Leslie Vadász, que también venía de Fairchild. Por un error administrativo, sin embargo, Grove terminó con el número 4 en su tarjeta de identificación y Vadász, con el 3.

Como un sino fatal, a Grove volverían a tocarle tiempos tormentosos. En 1971, Intel logró comercializar un invento tan disruptivo que todavía hoy sentimos su onda expansiva. Se le llamó microprocesador, cerebro electrónico o CPU (por Central Processing Unit), un circuito integrado que incorporaba las funciones de cálculo, lógica, control y entrada/salida de datos de un computador. El primero, construido para un fabricante de calculadoras japonés, estuvo a cargo de varios individuos. La idea de un procesador universal se le ocurrió a Marcian Hoff. El desarrollo se logró gracias al italiano Federico Faggin, el japonés Masatoshi Shima y Leslie Vadász. No porque sí, Grove instó a los estadounidenses a ser tolerantes con las diferencias, porque los inmigrantes habían hecho de Estados Unidos lo que Estados Unidos es.

Desde 1971, la carrera por integrar más transistores y aumentar la capacidad de cómputo no tuvo descanso. Grove nunca lo había tenido, y en 1979 estaba bajo su responsabilidad una corporación que ahora contaba con 14.300 empleados (tantos como tenía Fairchild cuando se fueron para fundar Intel) y cotizaba en la bolsa de valores.

A decir verdad, la gestión diaria de la compañía había quedado en manos de Grove casi desde el momento de su fundación. Esa era la tarea que Rock le había asignado. Dice Leslie Berlin, en su biografía de Noyce (The Man Behind the Microchip), que el balance entre los tres miembros originales podía describirse así: «Mr. Outside (Noyce), Mr. Inside (Moore) y Mr. Implementation (Grove)». Es decir, Noyce -célebre, un rock star del Silicon Valley, otro de los admirados de Steve Jobs- se ocupaba de tratar con la prensa y los inversionistas; Moore era el inventor, y Grove era el que hacía que las cosas ocurrieran.

Pero el inmigrante húngaro había estudiado ingeniería química y cálculo, no administración de empresas. Grove hizo entonces una de las cosas que mejor le salían: aprender por sí mismo. Dice su biógrafo, Richard Tedlow -profesor de administración de empresas en la Escuela de Negocios de Harvard-, que el estilo de gestión de Grove podría definirse así: todo lo que ocurría en Hungría no iba a ocurrir en Intel. En efecto, gracias a las dolorosas, caóticas y opresivas experiencias primarias de Grove podemos entender como se forjó la cultura Intel. Si Noyce era carismático y exitoso, si Moore era el método científico encarnado en una persona, el sobreviviente del Holocausto y de la tiranía stalinista era pura voluntad de poder. Dijo el actual CEO de Intel, Brian Krzanich, que Andy Grove hizo posible lo imposible. Muy cierto. Krzanich, desde mayo de 2013, lidera al gigante tecnológico como su sexto CEO.

Grove era un obsesivo del sentido común, que es la primera víctima de los regímenes mesiánicos. Era también un fanático de los detalles, porque suelen salvarte la vida. Quería siempre la verdad, porque ya la había visto ultrajada y retorcida por nazis y soviéticos. Despreciaba los privilegios, que había asociado con lo peor de las dictaduras que asolaron su patria; por eso, no quiso que le dieran un espacio exclusivo en el estacionamiento de la empresa y su oficina era sólo otro cubículo como los de los demás empleados. Una vida de privaciones le había enseñado a prescindir de los lujos y, al revés de muchos magnates de Silicon Valley (Noyce, sin ir más lejos), nunca tuvo avión privado ni autos presuntuosos. Grove era el tipo serio y reconcentrado que despreciaba la debilidad en los otros y no soltaba su presa hasta que había ganado o había sido convencido. Si la honestidad brutal tuviera un nombre, sería Andrew S. Grove. Es que tenía demasiado kilometraje en una de las etapas más oscuras de la humanidad para tolerar las flaquezas. Detestaba el desorden (Noyce, de nuevo) y te decía las cosas en la cara, sin anestesia (al revés que Moore).

Su jerarquía horizontal -en la que el jefe es el que más se esfuerza- le ganó el respeto de sus pares y subalternos. Pero no era un tipo fácil. Compensaba este igualitarismo -que el despistado podría tomar por demagogia- con una exigencia sobrecogedora, una demanda de excelencia y dedicación (sobre todo, dedicación) que habría sido insoportable, si no fuera que también la aplicaba sobre sí. No es casual que Noyce lo llamara «El Látigo». En medio de la recesión de los ’80, cuando las otras compañías de tecnología estadounidenses despedían empleados, Grove puso en marcha la Solución del 125%, que les exigía a los empleados trabajar 2 horas más por día, sin cobrarlas, durante los siguientes 6 meses. Fue una movida audaz, pero cuando se cumplieron los 6 meses y la compañía había salido del túnel sin despidos, Grove se anotó otro punto entre los orgullosos empleados de la corporación y subió otro escalón en la escarpada carrera hacia la cima -mayormente despoblada- de los CEOs que hacen historia. En el fondo, Grove tomó la decisión de evitar los despidos porque él mismo, 10 años antes, estaba simplemente aterrado ante la posibilidad de perder su empleo.

Es en verdad difícil comprender a Grove, leyendo durante horas sobre su vida. No buscaba ganarse amigos. No era diplomático. Carecía de cualquier cosa que pueda asociarse con los dobleces de la política corporativa. O con la política en general. Llegó a obligar a los recepcionistas a anotar en una lista a los empleados que se presentaban después de las 8 de la mañana, lista que luego hacía circular por todas las gerencias. A su juicio, por mucho que aquella start-up de 1968 fuera ahora una de las corporaciones más grandes del mundo, no había lugar para los que llegaban tarde, para los que se quedaban dormidos, para el amiguismo o para la vista gorda. Desde su punto de vista, acosado por esos fantasmas que se siembran en la infancia, mantenerse alerta frente al cambio y los competidores, al punto de ser implacable con ambos, no era diferente de sobrevivir a los nazis y al Ejército Rojo. La vida era una batalla y lo único que a András István Gróf le importaba era ganar, sobrevivir, no fracasar.

Según Tedlow, una de las principales virtudes de Andy Grove era la de mantenerse emocionalmente blindado en las situaciones de crisis. Malone describe impecablemente la frialdad con que un András de 9 años, fogueado por la guerra y la barbarie, regresa a su casa en Budapest y recorre, imperturbable, las calles sembradas de cráteres y casas derrumbadas. Antes de alcanzar la adultez, Andrew Grove ya había atravesado experiencias más pavorosas y perturbadoras que cualquier ejecutivo, que cualquier recesión, que cualquier debate más o menos encendido.

Austero, pero incansable. Siempre sonriente, pero frío en la toma de decisiones y propenso a las peleas fulminantes y a los gritos. Distante, pero con su oficina siempre abierta para todo el mundo. Enigmático y con la mirada más insondable de los tres fundadores de Intel, pero al mismo tiempo sensible como pocos ante los más vulnerables. Así era Andy Grove, que sólo décadas después de escapar del horror pudo relatar su vida en Hungría en un texto estremecedor, Swimming Across.

Entre sus logros se cuenta el haber admitido que era hora de que Intel dejara de enfocarse en los chips de memoria y se dedicara a los microprocesadores. Es, como todo en la vida, más complicado. Grove, de hecho, se opuso al principio a esa tontería experimental de los microprocesadores. Pero luego, convencido por la evidencia (era un fanático de la verdad), admitió su error (uno de los aciertos de su gestión era el de aprender de los errores) y lideró también el proceso en el que la compañía pasó de fabricar memorias a fabricar cerebros electrónicos.

En 1981 saldría el primer computador personal de IBM, que cambiaría la historia del mundo. Llevaba dentro un cerebro electrónico de Intel, el 8088; Grove había sido clave en persuadir al gigante azul. Dave Bradley, uno de los ingenieros de IBM que diseñó el PC, había anticipado que venderían 241.000 computadores en un período de 5 años. Para 1987, ya habían despachado 3 millones de equipos y, en un mes en particular -diciembre de 1984-, se comercializaron 270.000 máquinas. Este éxito fenomenal fue uno de los principales propulsores del éxito de Intel y, claro está, de Microsoft.

Grove fue Persona del Año de la revista Time en 1997, cuando se retiró del día a día de la compañía. Lo había logrado. Había alcanzado la cima. Llegó en harapos al puerto de Nueva York farfullando un inglés tosco y ahora era el número uno entre los hombres de negocios del mundo. Sin embargo, y esta es otra sinuosidad inesperada, dejaba una lección perturbadora para emprendedores, gerentes y ejecutivos. Es decir, que en el éxito de una compañía se esconde la semilla de su fracaso. No puede haber algo más cierto. El éxito conduce a la auto complacencia, los directivos bajan la guardia, se sienten invencibles en un éxtasis inmutable en el que los dólares llueven sin fin. Pero, inexorablemente, todo cambia, y el día menos pensado se produce una alteración, pequeña o grande, que revoluciona esa industria y arrasa con todo aquél que no haya estado alerta. En Sólo los Paranoicos Sobreviven, Grove hizo un exhaustivo análisis de esta clase de circunstancia, la pesadilla de todo CEO. Hablaba, qué duda cabe, desde la experiencia.

Grove, que se había criado en una revolución perpetua e inclemente, fue el hombre perfecto para navegar en esa tormenta que nos llevó de la máquina de escribir al notebook, del teléfono al iPhone, y del discurso único de la política tradicional al diálogo sinfónico de Internet. Ahora, por fin, luego de todas sus batallas, el gran luchador de la tecnología digital podrá recibir su galardón.

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